Intento hacer volar el famoso globo violeta con el dolor que me provoca tu partida. Pero cada vez que me acerco a la orilla del mar para lanzarlo lejos, y que se pierda en el horizonte, vuelve a mi antes de darme la posibilidad de hacerlo explotar.
Es increible cómo incluso las técnicas más sencillas de meditación dejan de funcionar con el agudo ardor que dejaste en mi pecho cuando decidiste soltar mi mano y dejarme ir.