No me gusta escapar de las cosas, aunque en muchas ocasiones termino haciéndolo. Me da desconfianza la gente que no enfrenta lo que siente, aunque a veces caigo en ese laberinto. No me gustan las mentiras, aunque las perdono fácil. No me gusta la cursilería, aunque amo el romanticismo.
Vuelo todo el tiempo en mi cabeza imaginando situaciones, recreando momentos que ya pasaron, haciendo hipótesis de conversaciones, aunque nunca vayan a suceder.
Me encantaría ser más extrovertida con muchos aspectos de mi vida, aunque me mantengo presa de la vergüenza, de la inseguridad, del miedo.
Aprecio mucho los detalles, si alguien hace algo por mí, si me miran diferente, si dicen palabras, tienen gestos o me brindan una caricia, lo recuerdo, lo protejo y lo valoro, aunque a veces no se den cuenta siquiera ellos de lo que pueden sus acciones generar en mí (para bien o para mal).
Soy muy detallista, si algún día dijiste que algo te gustaba, algún chocolate, alguna película, alguna canción, poema, libro, personaje, lo que fuere, probablemente lo recuerde y siempre que tenga la oportunidad trate de demostrarlo, aunque la mayoría nunca lo note.
Me encanta escribir, aunque termino por borrar.
Me gusta expresarme, aunque termino callando.
Me da placer confiar en el tiempo, aunque el tiempo en sí se vaya y me desespere. Y odio sentirme sola, odio el sentimiento de abandono, odio la ansiedad, la desesperación, el pánico, la oscuridad, y cualquier cosa que me haga sentir desprotegida, aunque también (y esto es siempre) amo sentirme cayendo porque sé que voy a volver a juntar fuerzas para levantarme y no hay nada que me llene más que sentirme renacer.
Rocío A. León