domingo, 3 de febrero de 2013

Hay placeres en la vida que uno no puede disfrutar, pero no hay absolutamente nada que se compare a esto. 
Estar en la playa, sola, completamente sola, de noche, con nada más que el ruido de las olas es increíble, hace que mi corazón sienta calma, paz.
Sentarme en la arena y respirar profundo, sentir como el aire abandona mi cuerpo.
Dudo que exista una forma de sentirme mejor. Ver a lo lejos las luces de los autos que no dejan de transitar su camino sin final. 
Y volver otra vez a mirar el mar. Su oscuro color negro y su dulce sonido que vuelve a abundar en mis oídos.
Evito ver a la gente que pasa, que me mira con indiferencia, ellos no saben lo que se pierden, hablando mal de la gente que vive su vida de manera diferente.
Ya perdí el frío, el hambre, perdí la necesidad de estar acompañada.
Solo somos un par de hojas, una lapicera, el sonido del silencio y yo. 
¿Quién necesita más compañía que esa? Yo no.
Miro al cielo... y está esa luna que me mira, llamándome, como si de algo bueno se tratara. Iría tras ella si tuviese solo un poco más de valentía, o solo menos cobardía, ya no pido ser valiente.
Buscaría unirme a ella en el infinito cielo, solo si no me alentara un poco más la idea de vivir, de atravesar esa aventura, por ahora, sin final.
Veo hacia atrás y vuelvo sobre mis pasos. Reconocería esas huellas, cargadas de errores que intento dejar atrás... las reconocería donde fuera. 
Ahí están, frías, desapareciendo de a poco, viéndose envueltas por el agua del mar que se las lleva sin compasión... ¿Y yo? y yo sonrío, como si de alguna locura se tratara, sonrío para mi misma y niego, niego con la cabeza, ya sintiéndome más liberada. 

RAL