lunes, 18 de febrero de 2013


Esas horas en las cuales nadie me molesta, me llevan a replantearme muchas cosas y escribir. Recorro cada rincón dentro de mí, deambulo por esas aguas turbias donde nada la memoria, que recalcula, vuelve a medir, ve con otros ojos las experiencias ya vividas.
Ahí mismo, donde una adolescente desesperada intentaba determinar qué era real, hoy se puede apreciar a una mujer que sin apuro va quitando las malezas, limpiando lo que quedó en el camino.
Cada detalle reescrito.
Cada sensación revivida.
A veces es la historia misma la que te lleva a tener veinte minutos para poder escribir, pensar y volver a sentarte en aquel mismo lugar para poder sufrir. Desde lejos esta vez, las mismas penas, los mismos olvidos, las mismas angustias. Se puede contar lo mismo sin que suene igual, hay varias versiones de cada hora, de cada anécdota, de cada persona.
Uno puede aparentar ser una persona madura que creció a causa de las piedras que le colocó la vida. O puede ser, todavía, esa adolescente encaprichada, marcada por el destino, con un dolor submarino nadando en la oscuridad del olvido de algo que todavía no logró traer a la realidad.
Quizás esto no es más que una simple señal de que debo sentarme y replantearme todo lo que nos tocó vivir.
Tal vez ahora si tenga una explicación.
No ignoró que vaya a doler, pero cuando ese dolor se extinga, entre las cenizas solo quedara libertad.

RAL