Es el triunfo del atardecer sobre los dedos de tus manos,
que sostienen mi rostro envejecido sobre tu pecho.
No son el bien, no son el mal,
son más bien como la música.
Se aman, deslizándose de prestado por el vapor
que sale de la pava con agua hirviendo.
Se consumen en los remolinos rubios de la tierra,
agonizan en las ropas olvidadas,
se mueren mejor como las canillas de bronce,
que como gotas de sudor inútil.
Y se transforman en lapiceras para escribir poesía,
en el cuerpo de algún anciano legendario.